En el paisaje urbano de muchos lugares, perviven testimonios de guerras pasadas. Ciudades invadidas. Ciudades bombardeadas. Ruinas. Ante las estructuras decaídas del Castillo Euríalo y los restos de la gran muralla que envolvió Siracusa, recuerdo el relato de Tucídides. Entre las palabras y los vestigios, se entretejía el imaginario que daba sentido a aquel vasto teatro de los conflictos antiguos. En Ortigia, caminé por las vías de la polis junto a un cartero jubilado de la ciudad. Llegamos al punto más elevado de la isla: en aquel lugar, Arquias, que navegó desde Corinto conduciendo migrantes hasta Sicilia, fundó Siracusa (c. 734 a.e.c.), tras expulsar a los Sículos, habitantes indígenas del lugar. Caminamos más, hasta la casa en que nació. Cerca de allí, subiendo por la escalinata hasta el mirador con vistas al Mar Jónico, recordó el triste hecho vivido cuando niño, durante la Segunda Guerra Mundial. Desde temprano, la violencia de las acometidas armadas estaba en el horizonte de aquellas sociedades del pasado. Como hoy. En el tiempo remoto, en el tiempo reciente, la violencia humana.
Entre los objetos de la infancia, encontramos aquellos relacionados con el universo de la guerra. Los niños reinventan mitos y aventuras de conquista en animadas luchas imaginarias, con sus miniaturas de guerreros o vistiéndose como tales, incorporando personajes y héroes que levantan armas de juguete en sus manos. En el territorio lúdico de esa fantasía — en el seno de una civilización que realimenta el imaginario de la violencia y su ejercicio en la cultura patriarcal — un ejército combatía a otro: cuando era invadido por las tropas del más fuerte (o del más astuto), algún rincón del patio quedaba así dominado por la fuerza armada del oponente. Hoy, nuevos juegos entran en escena, esta vez ya no en los patios de la infancia, sino a través de las pantallas electrónicas: el antiguo juego es ahora aún más realista, en imágenes sorprendentes; la violencia todavía como diversión, en colores y gestos muy vivos, en una experiencia tecnológica cada vez más inmersiva…
Los emperadores invirtieron en la representación de las guerras ganadas, sobre todo en la memoria visual del poderío de su existencia en la Tierra, victorias por las cuales desearon ser recordados. Escenas laudatorias de ese poderío fueron elaboradas para ser contempladas en altivas estructuras arquitectónicas, como las Guerras de Seti I (XIII a.e.c.) narradas en el exterior de la Gran Sala Hipóstila del Templo de Karnak; escenas del Sitio de Laquis por el Ejército de Senaquerib (VII a.e.c.), modeladas en bajorrelieve en su palacio en Nínive; escenas exhibidas en la célebre Columna de Trajano (II e.c.) en Roma, que representan las dos guerras en Dacia conducidas por este emperador, todas ellas admiradas por sucesivas oleadas de turistas. La violencia expuesta en las escenas citadas no aterroriza la mirada contemporánea ante el dolor de los demás, habituada a la miríada de imaginarios distópicos propagados desde hace mucho tiempo, mirada que convive con otra dimensión tecnológica, cuya intensidad destructiva es incomparable, como demostró la detonación de la Царь-бомба (Zar-Bomba).
La guerra y la colonización son las dos caras de la misma moneda, acuñada con la sangre de los seres diezmados por las expansiones imperialistas, que aún marchan, bajo otros mantos y faces. En este proceso, la memoria geológica del tiempo remotísimo de la unión entre África y América del Sur continúa siendo excavada para extraer de los cuerpos continentales (separados después por el Atlántico) oro, plata, diamante, petróleo, además de los elementos de tierras raras y todo aquello que mantiene el giro del motor capitalista, giro que así constituye la memoria de la esclavitud y de los muchos genocidios, memoria que aún une a ambos continentes.
En la época de producción de ruinas, la guerra es híbrida, difusa, potenciada por la cibernética, la robótica y las inteligencias artificiales; y comprende un vastísimo teatro de operaciones que envuelve a la Tierra y a sus seres bajo el capitalismo. Involucra además el factor absurdo del entretenimiento y la expresión cultural de espíritu nacionalista. Los conflictos propagados hoy, espectacularmente exhibidos en las redes sociales telemáticas, revelan más que armas y dispositivos de alta tecnología de la industria bélica, representada y difundida por la industria audiovisual que la promueve; revelan la permanencia de esta institución arraigada en las sociedades humanas. Así vemos, en el paisaje de antiguas ciudades — escenario de otras guerras en el pasado —, el enfrentamiento entre fuerzas que devastan vidas, destruyen lugares y memorias al (re)escribir, en el presente, otro capítulo de esta ancestral práctica de la marcha de las civilizaciones.
Avistamos en las múltiples pantallas de los dispositivos técnicos disponibles escenas terribles grabadas a hierro, fuego y símbolos en la historia política de la hipocresía mundial reciente, entre ellas aquellas que constituyen el más reciente capítulo de la guerra sionista genocida en Palestina, siempre con el apoyo estadounidense, como testimonia la destrucción de Gaza, reveladora de los intereses neocoloniales y de un trance extremo en el cual se (con)funden retóricas imperialistas, delirios místicos, estrategias corporativas, eliminación étnica, racismo exacerbado, máxima vigilancia, entre otros factores convergentes en la ola neofascista global.
Silvio Luiz Cordeiro