El trance provocado por las tensiones internas y geopolíticas, la sombría vigilancia bajo las dictaduras, el espectro del Gran Hermano omnipresente. Todo ello gravita en torno a lo que puede expresarse sobre la inestabilidad, la incertidumbre de lo que ha de venir, o bien, la certeza de la violencia como norma, que perdura. Mientras escribo ahora, proliferan las noticias de que jóvenes cultivan hoy la memoria de los protagonistas opresores de un pasado que no vivieron — sin embargo, un pasado no lejano, toda la violencia extrema de aquel tiempo sigue siendo, de cierto modo, muy reciente. En la Segunda Guerra Mundial, el mundo presenció el alcance trágico del delirio supremacista, alimentado por la forja mítica de los nacionalismos, en una terrible alianza entre actores políticos encadenada por la violencia normativa para realizar una sociedad ideal, unívoca, totalitaria, sin lugar para la diversidad. La sonoridad sombría en Ligeti captura el sentido de ese tiempo temerario, de esa presencia que permanece perturbadora en el presente.
El concepto aquí propuesto no se refiere al trance llamado chamánico, ni, propiamente, al éxtasis propiciado por la práctica ritualística o por la experiencia del viaje — ya sea, por ejemplo, en una trayectoria personal o incluso colectiva, con distintas intenciones, desde la curación hasta el disfrute en un rave. Ese estado alcanzado por la experiencia trascendente de ciertos rituales, o incluso por la ingestión voluntaria de alucinógenos — para abrir sendas dimensionales, expandir percepciones de la existencia cósmica, una experiencia siempre transformadora para las personas sensibles — posee, por eso mismo, la potencia libertaria y promisoria, contraria a los rígidos sistemas normativos opresores perfeccionados por la cultura patriarcal y la industria cultural del entretenimiento imperialista.
El trance en la Antropocénica puede traducirse desde la vorágine infinita de explorar, extraer, producir, consumir. La palabra presupone el delirio, como una fiebre colectiva, en la convulsión social generada por la distopía provocada en el mundo por un modo de vida hegemónico que incluye, en el presente, en un contexto de contaminación generalizada y guerras híbridas expandidas, los nuevos agentes-seres animados por inteligencias artificiales, el horizonte temerario de un capitalismo catabólico que todo debe devorar, sustentado por justificaciones de imaginarios míticos y religiosos (teologías neopentecostales de la prosperidad y el dominio). Todo ello puede considerarse bajo el trance: un estado sensorial que derriba o corroe la dimensión reflexiva y crítica de la (no)vida espectacular de la sociedad contemporánea, en el sentido debordiano.
Históricamente, se refiere a escenarios de amplia crisis, inherentes a toda época de transición, tal como se vive hoy, en escenas prospectivas en el escenario-arena de un vasto teatro de las tensiones geopolíticas. Percibo el trance de las escenas de continua excitación y angustia, impulsadas por la aceleración (velocidad, en el sentido viryliano) de procesos transformadores, tal como lo expresan las guerras actuales, las llamadas tecnologías disruptivas, la erosión de las políticas socioambientales, las oleadas ascendentes de los nuevos fascismos. Este sentido del trance antropocénico representa la crisis existencial que define nuestro tiempo — un tiempo sin tiempo, en un lugar sin lugar — en el que las dinámicas depredadoras aceleran el giro de las dinámicas de la (no)vida contemporánea, porque interiorizan la instantaneidad como condición, proporcionada por la evolución tecnológica vinculada al capitalismo, con actores que presionan por la innovación con el propósito de ampliar sus ganancias en un contexto de alta competitividad entre capitalistas. Hoy, la pesadilla de Raskólnikov en el siglo XIX, protagonista de Crimen y Castigo (F. Dostoievski), puede leerse como un presagio.
Despertar de esta terrible imagen-sueño propagada por la pulsión de una ideología más amplia — del poderío civilizatorio hegemónico que envuelve la totalidad de la Tierra — es tanto posible como urgente. Implicará luchas en varios niveles. Implicará soñar otros sueños de libertad: contra la neoliberalidad erosiva del mundo, contra los fascismos y los delirios de superioridad.
Para ello, el éxtasis del trance fecundo con otros mundos es una de las armas más potentes — un viaje que las artes propician. En su manifiesto Eztetyka do Sonho (1971), Glauber Rocha fue más lejos: "uma obra de arte revolucionária deveria não só atuar de modo imediatamente político como também promover a especulação filosófica, criando uma estética do eterno movimento humano rumo à sua integração cósmica / una obra de arte revolucionaria debería no sólo actuar de modo inmediatamente político, sino también promover la especulación filosófica, creando una estética del eterno movimiento humano hacia su integración cósmica". En esa potencia revolucionaria, tal como la concibió el cineasta bahiano, el trance puede entenderse como apertura para desestabilizar y superar cualquier razón opresora, cualquier racionalidad colonizadora con su lógica de dominación estructurante del sistema colonial — aún vigente, bajo otras vestiduras (y armas), del imperialismo hi-tech contemporáneo. La Tierra erosionada, dilacerada por la concentración del poder en manos de unos pocos, resultante de la pobreza diseminada entre multitudes — que sobreviven en medio de los desechos industriales, en las periferias urbanas expandidas, en la devastación de la vida silvestre por la máquina extractivista — debe ser liberada.
Silvio Luiz Cordeiro