Revolución   |   PT  /  EN

Gil Scott-Heron escribió la famosa pieza The Revolution Will Not Be Televised / La Revolución No Será Televisada, sugiriendo que la verdadera revolución ocurre lejos de los focos, fuera de la mediación y del espectáculo. Inspirado en esa idea, pero mirando a los paradigmas actuales, escribí: A Revolução Vai Ser Instagramada / La Revolución Va a Ser Instagrameada.

En verdad, no me preocupa tanto entender qué es la revolución, sino más bien lo que no es.

Una idea recurrente en el imaginario político contemporáneo es la de que vivimos en una era de elevada conciencia política y movilización intensa. Se cree que voces antes silenciadas emergen ahora con fuerza, que grupos históricamente invisibilizados ocupan por fin espacios de expresión, y que nuestra generación — mejor informada y más vocal — está destinada a enfrentarse a las desigualdades y a desmantelar sistemas de opresión. En suma, somos una generación revolucionaria, o al menos llevamos puesta la camiseta con la cara del Che Guevara.

Lo que ocurre es que el paisaje actual está lejos de ser homogéneo o progresista. Al lado de movimientos que reivindican justicia social, proliferan también activismos abiertamente antihumanitarios, xenófobos, racistas, homófobos, transfóbicos y autoritarios. Curiosamente, todos se ven como revolucionarios y agentes de ruptura contra un orden que consideran corrupto o ideológicamente capturado; todos se creen en el "lado correcto de la historia", intentando inscribirse en ella, incluso cuando la historia todavía no ha elaborado la lista de invitados.

Si posiciones tan opuestas comparten el mismo entusiasmo revolucionario, quizás la cuestión no resida solo en el contenido de las causas, sino en la forma de la acción. ¿Estamos realmente llevando a cabo una transformación social o únicamente una performance estética moldeada por los códigos de la visibilidad y del consumo? ¿Esto sigue siendo revolución o ya es una forma sofisticada de cooptación — una versión premium con apoyo institucional y certificado de calidad?

Conviene aclarar que no se trata de poner todo en el mismo plano moral, ni de banalizar las luchas por la dignidad o de negar la importancia de estrategias de visibilidad que tantas veces han sido esenciales para exponer injusticias y conquistar derechos. Existe una diferencia abismal entre las luchas por la dignidad y los movimientos fundados en el odio. Lo que está en juego no es la legitimidad de las causas, sino el momento en que la visibilidad deja de ser un medio y pasa a ser un fin. Aun así, ambos parecen compartir la misma lógica estructural — la tensión entre realidad y narrativa. Unos responden a experiencias concretas de violencia, exclusión y desigualdad; otros se mueven por narrativas infladas, en las que los valores humanitarios aparecen como una amenaza existencial. Sin embargo, vistos desde la distancia, el movimiento y el contramovimiento comparten rasgos similares: lenguaje inflamado, identidad performada, necesidad de visibilidad y búsqueda de validación pública, en una especie de estrellato político donde parece más importante tener alcance que tener razón.

Históricamente, la militancia operaba a menudo en la oscuridad. Implicaba riesgo real, clandestinidad, confrontación directa con el poder. Había rostros, pero también anonimato, redes informales y opacidad. La visibilidad era un medio, no una obsesión.

Hoy, parece invertido. Lo que no se ve parece no existir, de modo que toda acción necesita ser registrada, compartida, comentada y, en el mejor de los casos, viral. La acción política se acerca a la lógica de la performance — necesita ser comunicable, documentable y viralizable. La estética, el lenguaje y el encuadre se vuelven a veces más relevantes que los efectos concretos de la acción.

A esto se suma un fenómeno paradójico: la institucionalización del activismo. Gobiernos, fundaciones y grandes organizaciones financian iniciativas políticas, promueven agendas y, en ciertos casos, protegen manifestaciones con aparatos policiales. Cuando la contestación es encuadrada y patrocinada por las estructuras que debería desafiar, llega el momento de preguntarse si seguimos ante una revolución o ya ante formas sofisticadas de cooptación.

En este contexto, el revolucionario se transforma. De agente colectivo pasa a figura individual; de participante, a marca. La lucha adquiere estética, lenguaje y merchandising emocional. La camiseta, el slogan, el tono de voz e incluso la expresión facial entran en un repertorio reconocible. La revolución se acerca peligrosamente al branding — solo que con filtros en blanco y negro y en sepia. Y sin embargo, todo esto ocurre mientras se critica el sistema. Se denuncia el capitalismo a través de la producción de contenido, la acumulación de capital simbólico y, ocasionalmente, la monetización de la identidad. Cursos, libros, conferencias y documentales se multiplican. La disidencia no desaparece, pero aprende a facturar, integrándose en una lógica donde la crítica también circula como producto.

En este contexto, la coherencia es flexible: se puede criticar la academia mientras se construye una carrera académica, denunciar el consumismo mientras se consume de forma "consciente", combatir jerarquías mientras se consolidan nuevas formas de autoridad — simbólica o real. El revolucionario contemporáneo no huye de las contradicciones; las gestiona.

Al mismo tiempo, el discurso se moraliza, en un campo de identidad donde la legitimidad depende más de quién habla que de lo que se dice. El debate cede paso a los alineamientos y el disenso es visto a menudo como traición. ¿Pensar en voz alta? Demasiado arriesgado. La complejidad se reduce a versiones simplificadas que caben mejor en una publicación de 280 caracteres.

Sin embargo, el problema más profundo quizás no sea la incoherencia, sino la sustitución de la transformación por la representación. La revolución, como proceso histórico, implicaba conflicto, riesgo e invisibilidad. Su versión contemporánea, en cambio, privilegia la exposición, la narrativa y el reconocimiento inmediato.

Es en este punto donde emerge una distinción crucial — la diferencia entre revolución y revuelta. La revolución institucionalizada, visible y regulada puede coexistir con el sistema que afirma combatir. La revuelta, en cambio — desorganizada, anónima y frecuentemente ilegible — escapa con mayor facilidad a la captura. No porque sea pura, sino porque generalmente es espontánea y, por tanto, no integrada.

Decir que somos parte del problema no es una renuncia, sino un gesto de implicación — de reconocer que no estamos fuera de las lógicas que criticamos, y de interrogar las formas a través de las cuales participamos en ellas. La visibilidad no debe convertirse en la condición sine qua non para la existencia política, o se corre el riesgo de transformar la lucha en un producto más — consumido, compartido y olvidado. La mejor forma de visibilidad es la presencia junto a quienes se dice luchar.

Marinho Pina