Progreso   |   PT  /  EN

La modernidad heredó dos palabras casi gemelas y decidió separarlas como si nunca hubieran caminado juntas. Progreso (de pro + gredi, dar pasos hacia adelante) se convirtió en el verbo del avance, de correr, de superar, de acelerar. Congreso (de con + gredi, dar pasos con otros) quedó reducido al espacio de la reunión, la negociación, la espera. Esta ruptura no es solo lingüística, sino política, económica y social, y define un orden moral.

Desde la Ilustración, con la promesa de un "hombre nuevo" — racional y autónomo — esta separación toma forma. La educación de las masas surge como emancipación, pero rápidamente se convierte en normalización. Con la Revolución Industrial, la escuela se transforma en espacio de disciplina y preparación productiva, de integración funcional. El "hombre nuevo" nace inscrito en relaciones de poder; se libera al individuo burgués mientras persisten opresiones sobre los pobres, las mujeres y los pueblos colonizados.

Más recientemente, con la revolución digital, este proceso alcanza el paroxismo. La automatización se vuelve subjetiva, moldeando a los individuos como extensiones del sistema. Todo es producto y contenido. La aceleración se transforma en instantaneidad — las líneas en puntos — en una lógica autofágica que se alimenta de la atención y del tiempo. Lo colectivo pasa a verse como un obstáculo.

La educación estructura este modelo. Mide, compara y posiciona desde la guardería, en competencia permanente. La diferencia entre formación y formateo se vuelve incierta. Nunca hubo tanto acceso a la educación y a la información y, sin embargo, lo colectivo se fragiliza. Se intensifican las desigualdades, la violencia y la destrucción medioambiental. Formar para competir no conduce a una sociedad más justa, sino solo a una más eficiente en sus contradicciones.

Toda innovación depende de redes invisibles, saberes compartidos e infraestructuras colectivas, pero el mito del progreso solitario oculta esas dependencias y las formas de opresión en las que opera. El mundo se mueve rápidamente, pero de manera desigual. Unos corren, muchos son arrastrados, otros son la base de la carrera. Pero siendo la humanidad parte de un sistema mayor — el medio ambiente —, cuando una parte acelera sin considerar el conjunto, el desequilibrio se instala.

El progreso se sostiene en una lógica de extracción continua y asume la forma de erosión. Se presenta como desarrollo, pero instala la producción deliberada de escasez. Lugares de abundancia se convierten en lugares de carencia. Comunidades autónomas pasan a depender de sistemas que no controlan. Un ejemplo claro de esta lógica es la basura. Existían sociedades que no tenían ese concepto — los materiales circulaban y regresaban al medio —, pero hoy el plástico impone otra temporalidad: dura, acumula, permanece. Lo que era ciclo se convierte en residuo continuo, y la propia basura pasa a revelar los límites de un modelo basado en la extracción sin retorno.

Como observa Silvia Federici, el capitalismo nace de la creación de escasez artificial a través de los enclosures. Las cercas que privatizaban el bosque no fueron solo estructuras físicas, sino dispositivos de transformación social — por eso mismo eran destruidas de noche por mujeres que reconocían ese proceso. El mismo patrón se repite hoy. En Varela, en Guinea-Bisáu, mujeres se organizaron contra una empresa extractivista, destruyendo sus máquinas. Fueron encarceladas por oponerse al desarrollo y a la propiedad privada.

Este movimiento no es accidental; tiene raíces históricas bien definidas. La Conferencia de Berlín no pretendía solo "dividir África", sino controlar flujos — concretamente los ríos Congo y Níger — para hacer líquidas las riquezas, transportables. Liquidificar implica tanto circulación (volver líquido) como destrucción (liquidar). El propio lenguaje revela la violencia inscrita en el proceso.

El resultado de esta disociación entre avance y colectivo se hace visible en el plano ecológico y simbólico. El progreso desligado de lo colectivo produce fractura ecológica. Y es en ese punto donde emerge la ruina — no solo como destrucción, sino como mensaje sobre lo que ha sido descuidado. El mundo se organiza como un teatro de operaciones capitalistas, donde territorios, cuerpos y recursos entran en escena. Pero ese mismo teatro contiene otra posibilidad: la de la asamblea, el encuentro, la experiencia compartida. Y es precisamente ahí donde surgen fisuras en el modelo dominante.

Esas fisuras se manifiestan incluso en las formas del lenguaje y en los gestos cotidianos. En el criollo de Guinea-Bisáu, no se dice "cogí la lluvia" — se dice "la lluvia me cogió". El sujeto se desplaza del centro. La relación deja de ser de dominio y pasa a ser de atravesamiento. Del mismo modo, en ciertas tradiciones, comer con metal se asocia a la guerra, mientras que comer con las manos o con madera se asocia a la paz. El metal, ligado al fuego y a la extracción, carga con una memoria de violencia.

Incluso la propia idea de liberación lleva consigo esa dimensión relacional. Liberación viene de libra — la balanza. Remite al equilibrio, no al aislamiento. Liberar es reequilibrar.

Así, la pregunta se desplaza de la velocidad a la forma. Reconfigurar el progreso implica recuperar la dimensión relacional — no como obstáculo, sino como condición. Pero progreso y congreso pertenecen al mismo gesto. Cuando van juntos, hay libertad.

Un proverbio africano sintetiza esa tensión: "si quieres ir rápido, ve solo; si quieres ir lejos, ve acompañado."

Filipa César y Marinho Pina