La política moderna hegemónica nació con el Estado-nación europeo, el contrato social y la separación entre naturaleza y cultura — todos pilares de la colonialidad. En la Antropocénica, esta política se revela insuficiente: sus instituciones (parlamentos, partidos, elecciones) operan en el corto plazo, mientras que los ciclos de la Tierra son largos e irreversibles. Más grave aún: la política institucional sigue tratando la tierra como recurso y no como pariente, como ser con agencia. Un pensamiento contracolonial y ecosistémico propone una política ampliada: no únicamente la de los ciudadanos humanos, sino la de los más-que-humanos (ríos, bosques, océanos, montañas). Política como gestión de lo común y no como administración de la escasez. En las comunidades diaspóricas, por ejemplo, la política se hace también en las asociaciones de barrio, en las prácticas cotidianas de lengua y memoria, en las decisiones de transmitir o silenciar una herencia cultural. Esta es una micropolítica de resistencia a la homogeneización. La Antropocénica exige, así, una política posrepresentativa, situada y feminista — que desconfíe del progreso, rechace el extractivismo y aprenda de cosmologías que nunca separaron a la persona de su territorio.
Odair Barros-Varela