Existe una diversidad de posibilidades para definir el concepto de paisaje, pero un significado esencial es que el paisaje es un tercero entre la naturaleza y la cultura, siempre consciente de que el pensamiento dicotómico es una concepción específica de la cultura occidental predominada por la ontología naturalista. El paisaje es el intermediario y más que una mera simbiosis entre los dos lados culturalmente construidos. El paisaje es, como el Humano, un ser intermedio y ambas apariencias son descriptibles a través de la esencia del horizonte, siendo el horizonte aquello que está y lo que no está al mismo tiempo: un umbral, pero no un límite.
El fenómeno del paisaje se manifiesta en la cultura occidental como concepto político y artístico en un momento determinado, en la época del Renacimiento, pero este hecho no impide conjeturar su existencia preconceptual. Esto significa que, antes de cualquier explicación sobre el surgimiento de la noción o la visión cultural del paisaje, se requiere una explicación antropológica de su origen, derivada de la constitución corporal y sensitiva del ser humano. Así es posible revelar el carácter primordial del fenómeno del paisaje a partir de la descripción de las circunstancias climáticas y físicas que se dan en los primeros momentos decisivos de la humanización. Es una suposición común que el concepto de paisaje es un derivado de la percepción estética de la naturaleza y que surge a través del ejercicio artístico, del dibujo y de la pintura, y, sobre todo, gracias a la invención o al descubrimiento de la perspectiva central.
Esta postura supone que la noción de paisaje es un producto o efecto de la supremacía del sentido visual, que el paisaje es un tema de nuestra mirada distanciada de la llamada Naturaleza, del espacio natural, y que esa visión distanciada está marcada al mismo tiempo por una escisión entre el sujeto espectador y el objeto avistado. Sin embargo, la percepción o comprensión de un paisaje es siempre una experiencia física que involucra todos los sentidos y, por lo tanto, no se trata, en primer lugar, de una disposición estética, sino de una disposición aistética (αἴσθησις), es decir, corporal y sensitiva del paisaje. La definición antropológica del paisaje no presupone una separación previa entre Naturaleza y Cultura, sino que demuestra cómo el paisaje es un espacio intermedio y pleno de inmanencia, el momento en el que se produjo un proceso verdaderamente recíproco entre el entorno atravesado y habitado y el habitante homínido, que se despliega y se desarrolla en conversación dialéctica con su habilidad técnica.
El humano, como ser nómada, bípedo y con plena capacidad para manipular, conceptualizar y visualizar los fenómenos, es, por lo tanto, un ser paisajístico, una forma de vida cuya disposición existencial es terrenal, la de un habitante itinerante que sale del bosque hacia la sabana, hacia un paisaje abierto al horizonte. A partir de una lectura paleoantropológica, el paisaje es el espacio de la humanización, el momento del despliegue del cuerpo homínido en técnica y lenguaje, íntimamente ligado a los cambios climáticos durante el Mioceno tardío, a la disminución de las regiones boscosas y, por lo tanto, al aumento de las sabanas. Estas consideraciones sobre el ser humano como ser paisajístico no niegan que el ser humano haya desarrollado, durante su culturalización, diferentes pensamientos sobre el paisaje, pero sostienen, al mismo tiempo, la convicción de que la heterogeneidad cultural de la humanidad se basa obviamente en la homogeneidad de la especie.
Otra definición aquí introducida es la del paisaje como teatro, como una escena, recordando, sin embargo, que esta concepción es moderna y análoga a la concepción del mundo como una imagen, primero la imagen estática y luego la imagen en movimiento. Todos los paisajes tienen a la Tierra como fondo, este arché primordial, fundamento de una inconmensurable totalidad de paisajes. La Tierra, siempre concebida como fundamento sin fundamento propio, solo se revela en una multiplicidad incontable de paisajes, de aspectos o caras, que están en constante cambio, nunca exactamente iguales, dependiendo de la influencia de fuerzas cósmicas, geológicas, biológicas o, cada vez más, antropogénicas.
Dirk Michael Hennrich