Isla  |   PT  /  EN

Un náufrago es arrojado contra la orilla. Llega golpeado por el mar, se aferra a una roca, corre cuando la ola retrocede y, al pisar tierra firme, agradece no haber muerto. No sabe si está en una isla o en un continente, si hay hombres o fieras. Pasa la primera noche en un árbol, por miedo. La isla se presenta como una amenaza. Luego, es posible comenzar el trabajo: rescata provisiones del barco, delimita un espacio, organiza, enumera, escribe y nombra. Así, la isla es la escena en la que la supervivencia se convierte en orden y el aislamiento en principio de gobierno. La isla nunca está sola y siempre hay una alteridad posible —temida, imaginada, esperada o presente—. Precisamente por eso, debe suponerse desierta. 

Desde el siglo XVIII, la isla se convirtió en escenario privilegiado de lo que Marx denominó robinsonadas, es decir, narraciones que aíslan a un individuo para explicar las formas de organización social como si fueran naturales. En su tesis doctoral, titulada Insularidad y Fuga: Problemas de localización en la Tierra del Fuego, Carlos Masotta señala que esta operación no expresa la isla en sí, sino al continente que se afirma en ella. La isla es una puesta entre paréntesis del mundo que permite naturalizar un orden. Es, por tanto, una escena de naturalización: separación, naufragio, supervivencia y fundación, un gesto en el que la isla se vuelve mito de origen. Esa puesta entre paréntesis también suspende la dimensión común de las relaciones, es decir, la condición relacional que hace posible la vida compartida. Lo común no es comunidad, sino el entramado material de relaciones —humanas y más que humanas— que no depende de acto fundacional alguno. Al aislar y fundar, la robinsonada instituye un orden y también invisibiliza la trama de interdependencias que la precede. 

Gilles Deleuze muestra que la isla es una figura de la imaginación. Distingue entre islas continentales —desprendidas, derivadas— e islas oceánicas —emergentes, originarias—, pero lo decisivo es el movimiento que ambas activan: separación y refundación. Soñar con una isla es soñar con apartarse del mundo o con recrearlo desde un segundo origen. La isla está “desierta” porque la imaginación necesita borrar lo preexistente para que el comienzo sea absoluto. En este sentido, el desierto es una condición mitológica, ya que incluso cuando la isla está habitada, la ficción del aislamiento sigue operando. Así, la isla es el lugar donde se ensaya la fantasía de empezar sin pasado. 

Michael Taussig desplaza la escena hacia su reverso político. Si la isla puede imaginarse como tesoro, aventura o recomienzo, también es el prototipo de la excepción. La isla-prisión concentra esta lógica. En un territorio rodeado de agua, la ley adquiere un espesor particular y el encierro se duplica. En su lectura de Gorgona, muestra cómo la isla condensa mitología y violencia estatal. El nombre, la leyenda y el presidio de alta seguridad convergen en un enclave donde la separación geográfica refuerza la separación política, de modo que la isla magnifica el castigo. Por eso afirma que por cada isla del tesoro hay una isla-prisión. Ambas comparten la misma estructura, la de un espacio recortado del mundo donde el poder se ensaya sin mediaciones y la soberanía, al ser dramatizada, se vuelve visible en su forma más desnuda. 

En su tesis, Masotta denomina esta operación insulamiento, una técnica moderna de gobierno del espacio que recurre a la isla como metáfora del límite. Insularizar significa producir separación como principio organizador. Allí donde se declara “la isla”, se activa una forma específica de ordenar el mundo. Al reducir la complejidad de las relaciones a una unidad cerrada, hace aparecer el espacio como homogéneo, autosuficiente y gobernable. La isla, así concebida, remite a la operación que la instituye como excepción. Así, antes que describir el mundo, lo insular lo produce. Frente a esta lógica de clausura, el archipiélago introduce una forma distinta de pensar la relación. Mientras que el insulamiento reduce el espacio a unidad gobernable, el archipiélago insiste en la conexión sin centro y en la coexistencia sin fusión. 

Hoy la escala se ha desplazado. Ya no es el náufrago quien imagina la isla como mundo aparte; es el mundo el que se revela como isla. Suspendida en el vacío, finita y vulnerable, la Tierra no ofrece continente alguno al que huir. La ficción de fundar sobre lo declarado desierto se vuelve insostenible cuando el planeta entero aparece como espacio intervenido y exhausto. Así, la separación que en la modernidad funcionó como garantía de soberanía se ha transformado en límite material, porque no hay exterior donde ensayar un nuevo origen. Pensar el mundo como isla es reconocer que toda declaración de vacío fue una operación y que toda fundación tuvo consecuencias. Ya no hay desierto donde fundar sin afectar lo común. 

Ana Cecilia Gerrard