Infinito   |   PT  /  EN

Para las matemáticas, el infinito es la idea de un número al que siempre podemos sumarle uno más, y uno más, y uno más... y él siempre seguirá creciendo, i n f i n i t a m e n t e ... o bien, el todo que podemos dividir y dividir y dividir y dividir y, las partes divididas, siempre pueden — en teoría — volver a dividirse, i n f i n i t a m e n t e ... camino a su parte infinitesimal. Esto es la poética de las matemáticas que, al necesitar explicar números o dimensiones inalcanzables, se valió del concepto de infinito para ilustrarlos; y de esta idea-concepto, otras esferas del conocimiento también se valen, usando el infinito para definir — o ilustrar — innumerables situaciones en las que no podemos comprobar sus límites.

En términos conceptuales, podemos decir que el infinito es lo inasible, lo eterno, lo ilimitado, lo inmortal, lo inalcanzable... En ese sentido, podríamos pensar que el infinito sería el borde — incognoscible — del cosmos que nos circunda, o el fondo más profundo de nuestro yo inconsciente. La parte infinitesimal que nos compone o la totalidad de lo que nos rodea. También podemos pensar que el infinito comprende el fin de algo que da origen al comienzo de otras tantas posibilidades — nuevos mundos, nuevos universos, nuevos ciclos, nuevas formas de ser y estar en la vida, además de nuevas vidas que surgen y desaparecen en un sinfín de comienzos y finales. O, como diría Nêgo Bispo, en un eterno "comienzo-medio-comienzo" donde el fin no existe porque es la base y el origen de nuevas realidades.

El teatro del mundo en constante transformación — la antropocénica — es un infinito. Por estar en ese estado ad æternum de transformación, es el comienzo-medio-comienzo de las escenificaciones humanas en el escenario de la vida, en íntima relación con todo lo que navega el universo, a bordo de la nave Gaia.

El infinito podría ser la tierra sin fronteras — un escenario sin límites — donde la vida de todas las especies y pueblos pudiera actuar e interactuar a través — y con — ese escenario, de forma libre y transrelacional, en un interminable de arreglos y experimentaciones y descubrimientos de nuevas formas de vida. Sin embargo, esta antropocénica viene siendo cada vez más compartimentada y apropiada por minorías que dictan en qué lugar y de qué modo actuarán los actores de ese espectáculo, creando fragmentaciones artificiales y amorfas en las que el sufrimiento y el dolor y la penuria ganan un protagonismo imperativo y segregador, relegando a los espacios poéticos donde la vida habita — y donde ella es maestra de un transitar fluido de interrelaciones — ni siquiera el papel más tenue de coadyuvante.

Ailton Krenak dice que todo bosque lleva en sí un devenir ciudad, así como toda ciudad lleva en sí un devenir bosque. Y es en ese devenir bosque donde los nuevos actos de la antropocénica deberían fijarse. No para restaurar todos los bosques, sino para aprender de su lógica las infinitas formas de danzar con todos los actores de ese escenario, de forma sensible y respetuosa, en un tiempo sin tiempo y sin fin, sólo con medios y nuevos comienzos. Ante esos devenires, quizás el infinito pueda ser el acto incansable y persistente de esperanzar en acción, por una antropocénica que escenifique y sea escenario de tiempos sin fragmentaciones, sin tiranos, sin segregación ni artificialidades, donde la fluidez de los ritmos vivos vuelva a pulsar en compases armónicos, sin que el metrónomo de la existencia sea alterado.

Virgínia Stela Bueno Lambert