Entre los más variados intentos de definir al Humano, en su mayoría partiendo de una propiedad específica como señal de la diferencia, la circunscripción del Humano como un ser desprovisto de cualquier esencia parece, en la era del Antropoceno, la designación más apropiada. La cuestión del Humano implica la cuestión fundamental de su destino y de su posición en relación con el destino del mundo común, de todos los seres sensibles. Debido a su constitución física, psíquica y técnica, el ser humano no puede determinarse a partir de una comparación con los demás seres vivos. Más allá de su conexión corporal y pulsional con todos los demás seres vivos y con la esfera global en su totalidad, su grado de imaginación lo expulsa continuamente, en su imaginación, de su estado mortal.
La finitud y la integración se niegan constantemente a partir de una fantasía desintegradora de eternidad. Debido a su desarrollo simbólico y técnico, el ser humano es abierto en su adaptabilidad y no solo necesita adaptarse a las condiciones físicas, sino que insiste y refuerza que el mundo se adapta al ser humano. Esta adaptación a través de su imaginación simbólica y técnica es principalmente una imitación de lo que se encuentra en la multiplicidad de condiciones y concepciones de mundos posibles. El ser humano es originalmente un ser privado, un Mängelwesen; la privación es una de las designaciones esenciales del ser humano y todos sus esfuerzos culturales, las innovaciones técnicas, siguen siendo técnicas de compensación. En la línea de cierta teoría de la compensación, el ser humano compensa sus incompetencias o carencias dadas por la naturaleza con inventos conceptuales (lingüísticos), simbólicos (artísticos) y técnico-industriales.
Lo que antes la naturaleza ofrecía gratuitamente, ahora es apropiado mediante la voluntad humana y el poder instrumental. El ser humano no es solo un ser especializado, como cualquier otro animal que tiene su constitución física y neuronal específica. Además de sus habilidades físicas y psicológicas, el ser humano es capaz de reinventarse imitando al máximo posible a los demás seres. El ser humano se apropia no solo de los objetos, sino ante todo de los gestos y procesos de acción de otros seres o de puros procesos geológicos o físicos. Su esencia es la mimesis, la imitación y la disimulación, de modo que ya Aristóteles, en su Poética, antes que Darwin y Nietzsche, afirmaba que "imitar es natural en los hombres desde la infancia y en esto se diferencian de los demás animales, pues el hombre es el que tiene mayor capacidad de imitar y es mediante la imitación que adquiere sus primeros conocimientos".
La constitución primordial del ser humano puede, por lo tanto, designarse como una apertura anárquica y sin fundamento. Su esencia es la imitación y la invención de las más variadas relaciones y actividades, que solo se constituyen como su realidad en el transcurso de esas apropiaciones. Pero esto no significa que no haya una realidad como telón de fondo. Significa, sin embargo, que las tendencias en las que los seres humanos moldean el mundo, de acuerdo con su disposición anárquica, están orientadas a transgredir todas las formas de determinación externa. Esto se muestra primero en las técnicas primitivas, que sirven para liberar a los humanos de su esclavitud ante la naturaleza, hasta las innovaciones técnicas del presente, que afectan tanto al cuerpo naturalmente dado como a su mente, para liberar y hacer realidad las teorías de un posible mundo por venir. El ser humano del Antropoceno está convencido de que ya no hay ningún límite para el desarrollo deliberado de sus deseos y fantasías, pero su corporalidad y vitalidad lo anclan inevitablemente. El límite del ser humano es el umbral de la Tierra; es decir, donde comienza la Tierra, termina el solipsismo de la especie humana.
Dirk Michael Hennrich