En una canoa de corteza que avanza por los canales de un mundo archipelágico, una pequeña hoguera permanece encendida sobre una capa de tierra y conchas. El viento sopla con fuerza y la lluvia cae con frecuencia, pero el fuego sigue vivo. Las brasas son alimentadas con cuidado mientras la embarcación se desliza entre islotes, algas y corrientes. En ese mundo fragmentado, el fuego viaja con las personas: se transporta, se cuida y se alimenta. Por la noche, reúne a la gente alrededor de las historias antiguas. El fuego es una práctica continua de cuidado y sostén de la vida en movimiento que acompaña a los yaganes.
Esa escena vuelve extraña una de las narraciones más persistentes de la tradición occidental. En el mito griego, el fuego pertenece a los dioses y es robado por Prometeo para ser entregado a los humanos. Este gesto funda una imagen poderosa: el fuego se convierte en el origen de la civilización y en el elemento que establece una ruptura definitiva entre la humanidad y el resto de los seres, al tiempo que da lugar al surgimiento de la cultura.
Buena parte de la reflexión antropológica ha heredado, de distintas maneras, esa idea prometeica del fuego. En el análisis estructural de Claude Lévi-Strauss, por ejemplo, el fuego es un mediador fundamental entre la naturaleza y la cultura, al transformar lo crudo en cocido. Radcliffe Brown lo asocia a la condición humana frente a los animales, y Richard Wrangham lo sitúa en el umbral evolutivo de lo humano, reforzando la idea del fuego como origen. Otras perspectivas lo desplazan de ese lugar. Para Gastón Bachelard, el fuego es una imagen que convoca fascinación y deseo. En la teoría de la magia de Marcel Mauss, puede manifestar fuerzas eficaces; mientras que en la antropología de los materiales de Tim Ingold, aparece como proceso en el que combustibles, atmósferas y prácticas humanas se entrelazan.
Pero los yaganes recuerdan algo más simple y radical. El fuego puede cocinar, fascinar, ritualizar o transformar. Es, ante todo, una relación situada con un territorio exigente. Su mantenimiento requiere cuidado constante, y también saberes y esfuerzos específicos para sostenerlo o producirlo cuando se apaga. Para encenderlo se utiliza una piedra —el išwali— cuya obtención exige desplazarse hacia territorios peligrosos y disputados con otros pueblos. Así, involucra destreza, riesgo y atención permanente. El fuego aparece integrado a la vida en el territorio, de modo que no es una conquista heroica ni un momento fundacional, sino una práctica cotidiana inscripta en la continuidad de la vida. Entonces, es más que una relación o un proceso. En ese entramado de humanos, materiales y fuerzas, el fuego sostiene y hace posible el mundo archipelágico.
Hay otro giro, más histórico y más amargo. El territorio mismo recibió su nombre a partir del fuego. Cuando las expediciones europeas atravesaron el estrecho en el siglo XVI vieron el humo de unas fogatas en la Isla Grande, probablemente encendidas por los selk’nam al ver a las embarcaciones. La mirada de los navegantes convirtió esas señales terrestres en una marca geográfica, y la isla quedó fijada en la cartografía como Tierra del Fuego. Pero el nombre conserva una paradoja: registra una presencia indígena, pero al mismo tiempo la expropia, pues transforma una práctica situada en denominación colonial. Así, lo que para sus habitantes era abrigo, cocina, reunión o señal, para los recién llegados se volvió paisaje, curiosidad y emblema del límite de Occidente.
Allí comienza un desplazamiento decisivo. El fuego que había sido condición de vida pasó a integrar el dispositivo colonial de representación. Más tarde, se convirtió en un instrumento de dominación y de transformación violenta del paisaje, como parte de los procesos de reorganización ecológica y territorial que han acompañado la expansión de economías extractivas. En muchos territorios, los incendios han sido utilizados para abrir tierras a la ganadería, eliminar bosques nativos o despejar áreas para destinarlas a nuevas formas de explotación. De este modo, el fuego —sin control ni cuidado— se convirtió en una tecnología de despojo.
La misma fuerza que calienta una canoa puede ser empleada para transformar radicalmente un territorio y desplazar a quienes lo habitan. La diferencia es el mundo en el que ese fuego existe. Las llamas acompañan la vida o participan en la destrucción y el despojo de mundos ajenos. Si el mito de Prometeo imaginó el fuego como origen de la civilización, las prácticas yaganes recuerdan que una brasa puede ser simplemente aquello que permite seguir viviendo. Como en el viaje de Carapiru, el fuego no inaugura nada, sostiene la vida en medio de la devastación.
Ana Cecilia Gerrard