La decolonialidad se distingue de la contracolonialidad por un énfasis: la decolonialidad (Quijano, Mignolo, Walsh) se centra en el poder, el saber y el ser como estructuras coloniales que persisten tras la independencia política; la contracolonialidad, a su vez, insiste en la agencia histórica de los pueblos colonizados antes y durante el proceso de descolonización — no como reacción, sino como creación paralela, como mundo posible ya en construcción. En la Antropocénica, ambos conceptos son urgentes. El Antropoceno, tal como es narrado por el Norte Global, es un nombre falso: la catástrofe ecológica comenzó con la colonización europea, con el extractivismo y la esclavitud, mucho antes de la máquina de vapor. Por lo tanto, descarbonizar sin descolonizar es apenas cambiar el tipo de opresión. La contracolonialidad exige que se nombre al agresor: no "la humanidad", sino el imperio. Exige que se recuperen epistemologías de las relaciones — saberes que se mezclan sin jerarquizar, que no separan naturaleza de cultura, saber de espiritualidad. Practicar la contracolonialidad es, por ejemplo, negarse a que la crisis climática sea hablada únicamente en las lenguas del Norte Global, o a que las soluciones provengan siempre de los centros de poder económico. Es devolver centralidad a quienes históricamente fueron tratados como naturaleza y no como cultura. No se trata de una inversión simple (el colonizado en el lugar del colonizador), sino de una desobediencia radical a la linealidad del progreso y a la violencia de la separación — abriendo espacio para múltiples mundos dentro del único mundo que tenemos.
Odair Barros-Varela