Capitalismo   |   PT  /  EN

¿Pero acaso se puede saber qué es el capitalismo?

Muchas personas en todo el mundo tienen una visión negativa del "capitalismo". Pero si se les pregunta qué entienden por esta palabra, se obtienen respuestas muy diversas. Sin embargo, ¡no se trata únicamente de una cuestión semántica! Para salir del capitalismo, hay que saber primero en qué consiste. Otras generaciones han pagado caro la falta de claridad al respecto.

Se pueden distinguir, de manera muy esquemática, tres respuestas esenciales:

La primera sostiene que el capitalismo consiste en el neoliberalismo, en la globalización sin reglas, en el dominio mundial de las finanzas, de los bancos, de la especulación, o de algunas grandes multinacionales, que acaparan todas las riquezas producidas por quienes trabajan. Ciertamente, estos fenómenos son bien reales y son escandalosos. Pero solo constituyen el nivel más visible, la superficie. Cuando se opone a los "aprovechadores" de la esfera financiera con el honesto pueblo de los trabajadores y ahorradores, se está objetivamente cerca — incluso sin saberlo — de ese falso anticapitalismo que había caracterizado al fascismo histórico y a una cierta extrema derecha contemporánea: el capitalismo consistiría únicamente en el dominio de un pequeño grupo de parásitos que se aprovechan del sistema de producción, mientras que ese sistema mismo se considera como algo positivo o natural. Esta concepción se desliza fácilmente hacia el conspiracionismo y el antisemitismo. Excluye toda reflexión sobre el modo en que todas las personas (¡ el 99%!) que viven en una sociedad capitalista contribuyen a ella, y a menudo adhieren a ese modo de vida a través del consumo. El capitalismo se reduce a una simple cuestión de distribución de una riqueza cuyo contenido no se pone en cuestión. Ninguna categoría estructural del capitalismo, como salarios y beneficios, se pone en cuestión, y menos aún las categorías de trabajo y dinero, mercancía y valor.

Con frecuencia, el capitalismo es identificado entonces con el "mercado" libre solamente, dominado por intereses privados, mientras que el Estado y sus instituciones son considerados expresiones de una esfera pública y tendencialmente democrática, que se deben utilizar para poner freno al capitalismo. En esta visión, la época keynesiana — es decir, los años 1945-1980 aproximadamente (al menos en los países occidentales "desarrollados") — aparece como una superación parcial del capitalismo, y el posterior neoliberalismo como el retorno de un capitalismo ya no "domesticado". Sin embargo, el triunfo de un capitalismo cada vez más falto de reglas no es el fruto de una conspiración entre la facción más rapaz del capital y políticos corruptos y reaccionarios, ni el resultado del derrumbe de la Unión Soviética, que habría eliminado la necesidad del capital de hacer concesiones a una clase obrera tendencialmente rebelde. Esta concepción del capitalismo no apunta, pues, a superarlo, porque lo considera implícitamente como insuperable, sino que quiere mitigarlo. En definitiva, se resuelve en la cuestión del "poder adquisitivo". Por otra parte, alimenta rencores hacia "los de arriba", rencores que, por comprensibles que sean, tienden en verdad a estabilizar el sistema, dirigiendo el malestar hacia un grupo restringido al que bastaría quitarle el poder excesivo (y aun en ese caso, generalmente sin consecuencias). Este enfoque está muy extendido, no solo en la izquierda, aunque a menudo de manera poco articulada.

Una versión algo más radical es la esencialmente vinculada al marxismo tradicional y al movimiento obrero, que asocia el capitalismo sobre todo con el dominio de la burguesía y la lucha de clases. Una clase social posee los medios de producción — como las fábricas y las tierras — donde hace trabajar a quienes no disponen de estos medios, a cambio de un salario inferior al valor obtenido con ese trabajo: y esto constituye la explotación. En esta perspectiva, el mal reside principalmente en la propiedad privada de los medios de producción. Evidentemente, este enfoque se acerca un poco más a la estructura profunda del capitalismo, más allá de sus fases históricas individuales, y reconoce que las finanzas son una esfera dependiente de la producción. Sin embargo, el énfasis excesivo puesto en la cuestión de la propiedad crea la ilusión de que un cambio de propiedad — sobre todo "socializando" la producción, en forma de gestión estatal o de autogestión obrera — comportaría el fin de la explotación y de la alienación en el trabajo. Este enfoque también presenta dificultades para explicar el hecho de que hoy, en muchos países, los trabajadores (pseudo)independientes son más numerosos que los asalariados, y que no se enfrentan a un único capitalista, sino a un mercado anónimo, siempre regido por las lógicas del trabajo que produce valor representado en el dinero.

Hay que recordar también que la explotación y el dominio de una clase propietaria existían igualmente — a veces en formas extremas — en las sociedades anteriores, y no constituyen una diferencia específica del capitalismo; del mismo modo que el colonialismo, las guerras permanentes, el racismo y el patriarcado no llegaron al mundo con el capitalismo en el siglo XVIII. Esta diferencia específica, por la que el capitalismo — definitivamente instaurado en el siglo XVIII en algunos países, tras siglos de preparación — constituye una ruptura radical con todas las formas anteriores de sociedad, reside en su carácter tautológico y abstracto: la riqueza ya no consiste en objetos y servicios útiles para la vida, sino en un valor, que viene dado por la pura cantidad de trabajo productivo realizado, medido en tiempo, sin consideración por su contenido. Marx llamó a este aspecto del trabajo el lado abstracto del trabajo (de cualquier trabajo en el capitalismo), denominado también trabajo abstracto (lo que no significa inmaterial). El valor toma una forma visible en el dinero.

El hecho, bien visible, de que la producción tenga lugar con el único propósito de aumentar una suma de dinero — de transformar cien dólares en ciento diez, luego en ciento veinte, etc. — no se debe (únicamente) a una "avidez" incontrolable de una clase social, sino al hecho de que el trabajo sirve solo para producir valor, y no riqueza real. Este proceso avanza ciegamente, de manera automática y autónoma: los propios capitalistas, aunque evidentemente se beneficien de él, son solo los ejecutores de un proceso del que dependen.

A diferencia de las sociedades anteriores, el capitalismo no puede permanecer estático, sino que debe expandirse continuamente, tanto de manera geográfica (imperialismo) como en el interior de las sociedades, satisfaciendo de manera creciente todas las necesidades a través del consumo de mercancías, cuya compra presupone haber trabajado. Producir bombas es un "trabajo" en el capitalismo; ocuparse de los propios hijos o cultivar un huerto no es un "trabajo" en él. El capitalismo extrae su fuerza, desde el principio, de su unión con las aplicaciones industriales de la ciencia; sociedad industrial y sociedad capitalista coinciden. Tiene una tendencia totalitaria en el plano social y cotidiano, y ha colonizado también los imaginarios. Existen evidentemente disparidades enormes en la distribución de los "frutos" de la producción capitalista; pero la respuesta no puede consistir solo en una distribución más justa. Son los propios frutos los que están envenenados, literal y metafóricamente.

Y más allá del problema de la explotación, aparece la humanidad superflua: la continua sustitución de la fuerza de trabajo humana por tecnologías hace que partes crecientes de la humanidad ya no sean siquiera explotables, sino que se vuelvan simplemente inútiles desde el punto de vista del capital. Sin embargo, la disminución del trabajo también significa disminución del valor producido — un hecho oculto por la gigantesca expansión de los mercados financieros, pero que mina desde dentro la reproducción del capitalismo. Si se añade que la feroz competencia entre actores capitalistas — Estados y empresas — empuja a un uso absolutamente desastroso del entorno natural, se ve que la diferencia específica del capitalismo consiste también en su carácter dinámico, direccional, destructivo y autodestructivo. Con tal de mantener su base — la transformación del trabajo en valor y en dinero, y así acumular el capital — el capitalismo está dispuesto a consumir el mundo entero.

Anselm Jappe