Anarquitectura   |   PT  /  EN

Pensar la arquitectura, en una época de transformación total de la Tierra a través de las intervenciones humanas, recomienda una reinterpretación de su propósito y significado. La arquitectura, entendida como el arte de inaugurar el habitar, es desde siempre el reflejo de la relación humana con su entorno y el espejo de la relación de toda la especie consigo misma. La arquitectura, como técnica para fundar un espacio habitable, está impulsada originalmente por la búsqueda de protección frente a una naturaleza abrumadora, una respuesta directa y material contra la imposición de la esfera de la necesidad que pesa sobre la existencia humana. La Arquitectura se consolida a lo largo del desarrollo de la conciencia técnica y de la creciente posibilidad de moldear deliberadamente la materia mundana, con el resultado de la apropiación y colonización total de los más diversos espacios y paisajes terrenales.

Pensar la Anarquitectura como el porvenir anárquico de la arquitectura significa la apertura de un habitar sin fundamento y, por lo tanto, la exigencia y la posibilidad de una relación no posesiva para construir la contingencia de la vida humana, de instaurar una ética práctica, un habitar transitivo como un habitar renovado con la Tierra. Por lo tanto, este pensamiento anarquitectónico contempla la ausencia de fundamento del habitar, considerando el ser nómada en el mundo antes del inicio del sedentarismo, pero no para contraponer lo nómada a lo sedentario, lo cual sería hipócrita en tiempos de creciente urbanización de la humanidad y para la multitud de seres humanos que viven en situación precaria sin posibilidad de habitar adecuadamente. No tiene sentido adorar la movilidad nómada del individuo cosmopolítico urbano moderno, atado a una historia lineal y puntual y basada en el capitalismo monocrático y monoteísta. Por el contrario, el nómada se entiende aquí como lo común, lo cíclico, no monoteísta, sino panteísta o animista, morada no de individuos individualistas, sino de tribus (manadas, bancos, grupos, aglomerados, etc.) o sociedades en movimiento y en flujo, abiertas a romper todo tipo de fundamentos y fundamentalismos.

El individualismo, por lo tanto, no sería una autoafirmación apropiada, sino una apertura continua hacia el otro, pues no se trata de establecer valores universales solo para los humanos (antropocentrismo), sino de encontrar justicia en todas l s especies en la naturaleza anárquica y en la relación con el mundo. La Anarquitectura es, en primer lugar, una disolución de la propiedad, que por sí misma excede la existencia del individuo y se enmarca en el ámbito del ejercicio del poder. Esto significa que la arquitectura representativa y los emblemas de poder deben ser negados porque reflejan completamente la subjetividad moderna descrita como una subjetividad apropiadora. El primer paso para salir de la subjetividad moderna es la abolición de la propiedad acumulada y su disolución mediante la restitución de las apropiaciones que tuvieron lugar en el proceso de la modernidad. Esto significa la descolonización de la propiedad y, en consecuencia, su justa redistribución.

Dirk Michael Hennrich